miércoles, 3 de marzo de 2010

Maritza


Antes de los sucesos de la Primavera Negra yo era una sencilla ama de casa cuya única aspiración era atender y hacer feliz a mi familia. Ninguna idea altruista me movía, ni siquiera patriótica y hasta mortificaba a mi esposo por haberse enrolado en la prensa independiente que tanta zozobra nos había traído. Cada día de mi vida lo despedía con un beso y lo seguía con la mirada hasta que su figura se perdía en el recodo del camino, y entonces temerosa, le rogaba a Dios que lo protegiera porque ya no podía hacerlo yo.

El 19 de marzo de 2003 lo detuvieron. Fue un día inolvidable para mí, porque, sola, sentada en un sillón, con mi niño dormido entre los brazos, juré que también yo pondría mi granito de arena en la lucha contra la dictadura que afligía a nuestro pueblo.
Cuando comencé a asistir a la misa de la Iglesia de Santa Rita de Casia y a caminar en silencio por el Paseo de la 5ª Avenida en protesta por el encarcelamiento de nuestros seres queridos, ya desde 1991 otro grupo de mujeres iban a la parroquia con el mismo fin, el Comité de Madres Leonor Pérez.
De ahí conocí a Maritza Castro Martínez, que había pertenecido al movimiento opositor ecologista NATURPAZ y hacía varios años militaba en esta organización de atención a los presos políticos. Ella dice que aunque no tiene vínculos de consanguinidad con ninguno, muchos de los hombres que están en prisión son sus hermanos, por tanto lo que hace no es más que cumplir con su deber.
El gobierno cubano a través de sus fuerzas represivas, viene usando diferentes métodos de hostigamiento e intimidación contra las Damas de Blanco, especialmente con las que no tienen familiares presos. Estos van desde amenazas directas contra su persona hasta el acoso y perjuicio a lo que más ama una mujer: sus hijos.
Maritza ha perdido la cuenta de las veces en las que la seguridad del estado la ha citado ha estaciones de policía para levantarle actas de advertencia y amedrentarla con chantajes contra sus familiares y vecinos.
En la víspera de los homenajes del 6º aniversario de la Ola Represiva de 2003, miembros de la policía política convocaron a una entrevista obligatoria a su hijo, donde lo conminaron a lograr que su madre dejara de asistir a las actividades de las Damas de Blanco. Dice Maritza: “Como no lograron su objetivo, vinieron a la casa y se lo llevaron esposado como un delincuente. Cuando fui a la Unidad de la PNR para averiguar por él, me dijeron que estaba bajo investigación por robo con fuerza y agravantes. Yo, cuando oí tal patraña me les reí en la cara, porque conozco a mis hijos. Me fui para mi casa y escribí con carbón en dos sábanas blancas pidiendo la libertad de todos los prisioneros políticos y de mi hijo porque también él era inocente. Las coloqué en la pared externa de mi casa. Confeccioné más de cien proclamas pidiendo lo mismo y las lancé a la calle. Al instante el tráfico se paralizó, los trabajadores de una fábrica que está enclavada en los alrededores de mi vivienda salieron a observar lo que estaba pasando, los vecinos me apoyaron y yo, contándole a todos por qué habían prendido a mi hijo, porque yo lucho, porque rezo a la virgen para que liberen a hombres que están presos por pensar.”
Un fuerte operativo policial fue desplegado, pero como la casa estaba rodeada de personas que contemplaban atónitas lo que estaba pasando, no se atrevieron a usar la fuerza. Ninguno de los que la escuchaba la agredió, nadie le dijo mercenaria. Los oficiales de la Sección 21 que habían acudido al llamado de algún delator que no quiso dar la cara, trataron de tranquilizar a la mujer, pero ésta les gritó que soltaran a su hijo y que se la llevaran a ella y que la juzgaran por defender los derechos humanos. Al otro día liberaron al muchacho, pero los represores fueron al Asilo de Santovenia donde laboraba de voluntaria Maritza e instruyeron a los directivos para que no se le permitiera en lo adelante, porque es una contrarrevolucionaria.