miércoles, 3 de marzo de 2010

Ada y Nélida





De Las Martinas, un lejano pueblito de la provincia de Pinar del Río, venían a nuestras actividades dos hermanas. Ambas se parecían hasta el punto que se me fusionan sus fisonomías en la memoria. Humildes y tímidas, apenas hablaban, pero su constancia era un recordatorio de la dimensión que puede alcanzar una mujer cuando su familia es agredida. 
Eran la madre y la tía de Horacio Piña Borrego, sentenciado a 20 años de prisión porque pertenecía al opositor Partido Pro Derechos Humanos de Cuba, afiliado a la Fundación Andrei Sajarov y al Movimiento Cristiano Liberación.
Ada y Nélida Borrego consumían sus vidas en los ajetreos de conseguir el condumio para sobrevivir; hacía ya tiempo ellas no creían en la “Revolución” ni en sus líderes, pero también estaban seguras de que el pueblo adormilado y desarmado no tenía posibilidad ninguna de derrocarla.
Tampoco creían en la oposición pacífica en la que se había enrolado Horacito. Su sapiencia campesina las llevaba a pensar que un gobierno afianzado en el poder por la fuerza y la violencia no podía ser vencido por medios pacifistas.
Pero todo esto lo rumiaban las hermanas mientras preparaban la sopa de la tarde. Por nada del mundo hubieran compartido estos pensamientos con gente ajena a ellas.
Sin embargo, la madre sentía en su pecho una alarma advirtiéndole que su hijo estaba en peligro, pero trataba de acallarla usando su sentido común de… “total, qué le van a hacer al niño si no ha hecho ningún sabotaje, ni tiene armas. En lo único que anda es en eso de los libros que le han sorbido el seso y hablando de los derechos humanos. No pueden agarrarlo por esa bobería”.
Por eso, cuando un tribunal espurio lo juzgó y sancionó, Ada se volvió retraída. Escapaba de la compañía de su marido para ir a cuchichear con su hermana e insultar en secreto a Fidel Castro.
Horacio fue ubicado en la cárcel de Canaleta en Ciego de Ávila, a más de 500 kilómetros de su hogar. Cuando se acercaba la visita reglamentada cada tres meses, Nélida viajaba a La Habana y hacia la cola en la terminal de ómnibus de La Víbora durante varios días con sus noches, durmiendo sobre cartones, para adquirir el pasaje de los 2 familiares adultos que el régimen carcelario autorizaba.
Una vez, una vecina se acercó a Ada con sigilo y le refirió que había oído en una emisora “contrarrevolucionaria” que las mujeres de otros presos detenidos junto con Piña se vestían de blanco y estaban protestando en las calles.
Las hermanas pensaron que era una enviada de la policía política para indagar sobre ellas. No obstante, escondidas en los confines del patio, bajo la mata de mango del marido, militante del partido comunista, se azoraron al escuchar, en un receptor de radio de onda corta, que era cierto lo que les habían contado.
Cavilaron por más de un año, hicieron averiguaciones y un día, venciendo sus miedos, caminaron a la gloria. Creían que caminaban hacia la marginación y el desprecio, creían que serían detestadas por sus amigos y vecinos, y lejos de eso, sus coterráneos se acercaron más a ellas y les brindaron su apoyo, y hasta muchos en el pueblo ahora dicen “qué cosa más bonita esa de las Damas de Blanco”.
Nélida, ya sin vacilaciones, continúa en las marchas haciendo honor a aquella promesa que ambas hermanas se hicieron un día.
Ada Borrego murió de cáncer el 2 de marzo de 2008, apenas dos semanas antes había caminado cientos de cuadras en una de las caminatas de las Damas de Blanco. ¡Cuánto sacrificio puede hacer una madre, enferma sin esperanzas, desgarrada por los dolores! Lo único con lo que ella soñaba era con ver a su hijo en libertad. No alcanzó su sueño pero su espíritu se pasea, todavía puesta la camiseta en la que lleva la efigie de su hijo Horacio Piña Borrego y un gladiolo en la mano, soplando coraje en los oídos de las mujeres de blanco.