miércoles, 3 de marzo de 2010

Berta



Berta Soler es el azabache de las Damas de Blanco. Su energía, enorme y poderosa, las protege frente a las influencias negativas y maleficios. De ánimo alegre, ha sabido intervenir oportunamente cuando algún indicio de agotamiento o resquebrajamiento motivados por los años de tensión o sibilinos propósitos han azotado a las mujeres que componen el grupo.
Se siente orgullosa de ser negra, pero le avergüenza que compatriotas suyos pretendan humillarla por esto: frecuentemente en los actos de repudio las hordas entrenadas y dirigidas por la Seguridad del Estado tratan de minimizarla y agredirla por el color de su piel.
Nunca, antes de haberse incorporado a las Damas de Blanco, se había sentido discriminada, porque el pueblo cubano no es segregacionista, pero el régimen, intrínsecamente racista, manipula a sus acólitos y utiliza los recursos que cree más insultantes para atacar a los que se le oponen.
Cuando comenzamos a ir a misa en la iglesia de Santa Rita, a finales de marzo de 200, ya ella asistía con el Comité de Madres Leonor Pérez. Su esposo había cumplido una condena anterior en el presidio político cubano.
Ángel Moya Acosta, fundador del movimiento Libertad y Democracia, fue nuevamente condenado a 20 años de prisión en la Primavera Negra de Cuba. Cuentan que cuando los guardias se lo llevaban esposado, se dirigió a sus llorosos hijos y les dijo bien alto: “No me apresan por delincuente sino por defender los derechos humanos de nuestro pueblo”.
Y su compañera de la vida y de las ideas no se queda detrás en valentía.
Ella fue la protagonista del primer plante que hicieron las familiares de los presos políticos en la llamada Plaza de la Revolución en octubre de 2004: su marido estaba padeciendo de una hernia discal que apenas lo dejaba caminar, después de infructuosas gestiones para que lo trasladaran a La Habana para operarlo, decidió entregar una Carta en el Consejo de Estado y no moverse de allí hasta que le dieran una respuesta positiva. Acompañada por su cuñada, y por otras Damas, estuvo tres días con sus noches en el lugar. Al tercer día la sacaron por la fuerza a ella y a los que la acompañaban en ese momento, pero logró su demanda: Moya fue trasladado a un hospital civil y operado.


A su coraje une la chispa burlona de la gente del pueblo. En una ocasión fue arrestada y llevada a la estación de policía. Allí se encaró a los agentes del orden y les exigió explicación de su detención: el oficial a cargo le dijo “Aaah ja… ¿qué dice ahí?”, señalando a la manilla blanca que Berta traía en la muñeca. Ella, abriendo los ojos, leyó la inscripción de su pulsera y le contestó “dice cambio ¿y qué?” y entonces el oficial continuó “ja, cambio, eso significa el cambio a otro sistema, tumbar a Fidel, ¿no?”. A lo que Berta socarronamente respondió “bueno… ahí no dice nada de eso, quien lo ha dicho es usted”.
Como mucha gente llega a su casa buscando una medicina, alguna vitamina o quizás un jabón y Berta, con cariño, ayuda al necesitado, es muy popular y admirada en su barrio de Alamar. Esto es motivo de preocupación para la jefatura del país que tiene entre sus prioridades mantener aislada y desacreditada a la oposición pacífica.
A principios de este año aparecieron letreros cerca de su hogar, en las paredes del edificio donde vive, en la bodega donde hace sus compras y en varios sitios más que decían “¡Berta es del G-2!” Los vecinos los borraron sin decirle nada, para evitarle más lastimaduras de las que ya soporta, pero un día en su camino a la casa se dio de cara con uno de los injuriosos carteles y luego supo que había habido más.
Qué pobre y tambaleante está ese gobierno que ha llegado a las más bajas maniobras contra indefensas mujeres que lo único que poseen para defenderse es su razón y sus gladiolos.