miércoles, 3 de marzo de 2010

Julia



A Julia Núñez la conocí antes de los sucesos de la Primavera Negra de Cuba, en una recepción que el 15 de enero de 2000, Vicki Huddleston, entonces embajadora de EE.UU en La Habana, ofreció por el aniversario del nacimiento de Martin Luther King. Recuerdo, diáfanamente, mi pánico cuando a los pocos días la Mesa Redonda de la Televisión Cubana acató como tema esta reunión y nombró a todos los “cabecillas contrarrevolucionarios” que habían asistido, endilgándoles los más oprobiosos comentarios. Julita no era una activista de la oposición pacífica, pero padecía como yo, los temores de estar casada con uno de ellos.
Tres años después, su esposo Adolfo Fernández Saíz, traductor y periodista independiente dentro del movimiento opositor cubano, una de las figuras más respetadas, fue detenido y condenado en juicio sumario a 15 años de prisión.
Julita es modesta y de una firmeza inalterable. No es de las damas más conocidas, sin embargo ha participado siempre en cada marcha, en cada protesta, en cada reunión. Ha estado desde esos primeros días en que no soñábamos ser conocidas internacionalmente, ni ganar premios.
Después que nuestra familia se estableció en Miami, continué el contacto frecuente con las Damas de Blanco. Generalmente llamaba a Julita por la mañana, pero ella casi nunca se encontraba en casa. Un día se lo reproché llamándole “callejera”. Ella entre risas me explicó: “parece que ya has olvidado lo penoso que resulta conseguir los alimentos en Cuba. Cuando comienzo el día, en lo primero que pienso es qué cocino, cómo cumplo con esta titánica faena”. Nos reímos ambas y quedé pensando en las dificultades que afrontan mis amigas.
En Cuba se padece la congoja cotidiana de despertar y pensar, no en la libertad ni en el futuro, sino en cómo sobrevivir: cuando una persona decide comportarse sin máscaras y defender los derechos de sus compatriotas, no sólo arriesga su propia vida y su libertad, también la estabilidad de los suyos que pasan, del mismo modo, a convertirse en marginados sociales. Por ende, se padece no sólo la discriminación y el atropello del gobierno, sino que se dificulta aún más conseguir las provisiones, pues los vendedores del mercado negro, mayor fuente para conseguirlas, huyen de tí y de tu casa como de una peste, pues conocen la vigilancia a que son sometidos los opositores pacíficos.
Las mujeres de los presos añaden a esta carga, la necesidad de acopiar provisiones en suficientes cantidades para dos o tres meses, período establecido por las autoridades cubanas para la entrega de la indispensable “jaba” a los prisioneros políticos: sábana, toalla, jabón, cuchilla para afeitarse, peine no porque los pelan al rape, frazada para limpiar el piso, cloro o aromatizante para limpiar la celda para que puedan aliviarse un poco de los horribles hedores. Hay que llevarle comida que se conserve por tres meses sin refrigerar: galletas, pan tostado, frutas secas, dulces en conservas, leche en polvo y azúcar.
Y todos estos avituallamientos cuestan días y días, largas caminatas por las tiendas en divisas y por los contactos del mercado negro para conseguirlos.
Después, cuando sea la fecha de la visita y con un boleto que te haya costado interminables días y noches de espera en las estaciones de ómnibus o trenes reservarlo, pues te irás cargada con el enorme peso de los suministros y el corazón palpitando porque, si la Seguridad del Estado te deja, podrás ver a tu ser querido.
También se llevan libros a las presos, único esparcimiento que se les permite. Estos libros son cuidadosamente inspeccionados por los guardianes carcelarios para evitar que se introduzca cualquier tipo de “literatura no acorde con los principios revolucionarios”.
Los Fernández Saíz son profundamente católicos. Cuando Adolfo fue encarcelado, su familia le llevó en las primeras visitas la Biblia y otras obras de carácter religioso, pero las autoridades carcelarias se negaron a dejar entrar tales “libelos”. Fue una lucha larga. Pero finalmente cedieron, sólo que incluyeron dentro del peso permitido de la jaba, que era de 30 libras, el peso de los libros que se le entraban al prisionero. También esa medida arbitraria venció Julita.
Y Adolfo, en una cárcel de Ciego de Avila, vence a sus verdugos, confortado por Dios.